CHARLES FREDERICK WORTH (13 de octubre de 1.826 – 10 de marzo de 1.895)

Charle Frederick Wort por Charles-Reutlinger.

Charle Frederick Worth por Charles-Reutlinger.

Llevo meses tratando de conocer en profundidad al personaje porque no quiero escribir una biografía al uso  de las que se pueden encontrar en cualquier enciclopedia: nació aquí, vivió allí, murió allá. Es importante conocer esos datos pero este personaje va más lejos. Llama la atención la abundante bibliografía que existe sobre él y la belleza y armonía de sus creaciones que constituyen un deleite para la vista aún hoy en día.

Había nacido en 1.826 en Burne, Lincolnshire, Inglaterra, en el seno de una familia de clase media culta, socialmente bien conectada, aunque arruinada, por la afición al juego de su padre, de profesión abogado. No faltan biógrafos decimonónicos que equivocadamente sitúan su nacimiento y primeros pasos en el mundo de la moda en los Estados Unidos.

El inicio de su vida laboral fue muy temprano porque con apenas trece años comenzó a trabajar en «Swan and Edgard», y después en «Lewis and Allenby», dos grandes casas de tejidos londinenses especializadas en pañerías y sedas, situadas en el corazón de la ciudad.

Worth poseía una poderosa inteligencia y supo además rodearse de las personas adecuadas en el momento apropiado.  Su esposa, María Agustina Vernet, fue su principal  apoyo.

El mismo año de su llegada a Londres, se inauguraba la National Gallery, siendo las magníficas pinturas de Rafael, Tiziano, Veronés y Van Dyck, expuestas en recoletas salas, las encargadas de despertar su amor al arte, amor que cultivó en sus ratos libres de ocio visitando también otras galerías y palacios. Le atraían, sobre todo, los retratos de la reina Isabel, proponiéndose firmemente frente a uno de ellos – probablemente el firmado por George Gower, 1.588 – hacer algún día vestidos tan fabulosos como los que aparecían en los lienzos.

Tanto en «Swan & Edgar» como en «Lewis & Alleby» veía realizar capas, chales, y otras prendas, incluso pudo intervenir en su confección, aprendiendo sin duda el detallado sistema de medidas, base de un tipo de  patronaje ejemplarmente preciso.

Exposición Universal. 1.851.

Exposición Universal. 1.851.

Aproximadamente cinco años le costó a Worth llegar a ser el primer dependiente de la «Maison Gagelin», después de haber pasado por un obligado periodo de adaptación, familiarizándose con el idioma y las prácticas de venta, en los grandes almacenes «La Ville de Paris». Allí coincidió con Gustav Otto Bobergh (1.821-1.881), de trayectoria muy parecida a la suya, empleado durante unos años en el comercio textil londinense, existiendo, no obstante, entre ambos una interesante diferencia: Bobergh había estudiado arte en Estocolmo, Suecia, su país natal, y sabía dibujar, lo que le había  permitido refinar su talento en especialidades modernas como el figurinismo. Worth por el contrario no sabía dibujar. En Gagelin fue vendedor de mostrador y después le encargaron las prendas ya confeccionadas en especial chales, capas, y abrigos, productos caros e innovadores. Trabajaba en coordinación con la modelo: mientras él relataba las excelencias de las prendas, la modelo las lucía con gracia. Así conoció a Marie Agustine Vernet (1.825-1.898). Empezó entonces a elaborar patrones para ella y a hacerle vestidos. Las clientas querían comprar los modelos que Maria Agustine lucía que eran sencillos, de muselinas blancas y con pocos adornos.

Así lo contaba su hijo Jean Philippe: “

“La palabra maniquí, que ahora se emplea, les hubiese molestado, pero el trabajo que hacían era idéntico. Mi madre con su sonrisa, su belleza y gracia naturales, cumplía muy bien su cometido.

De maniquí la conoció, la hacía ponerse cincuenta chales para que la viese la compradora y por último exclamaba: “Tengo uno excelente pero no sé si querrá usted gastar tanto.” Sacaba un chal corriente, se lo colocaba al maniquí y venían las exclamaciones. “Sí, señor; esto, esto es precisamente lo que yo quería. ¿Por qué no me lo ha enseñado antes?”

Este truco lo empleaba mi padre con gran frecuencia.

Se asoció a la firma Gagelin, y comprendió que la “demoiselle de magasin”, que llevaba los chales con tanta elegancia y sonreía tan encantadoramente, debía ser su mujer, y cuando lo fue, la encontró tan adorable que no encontraba trapos suficientemente elegantes para ella.

Empezó por dibujar modelos especiales para su esbelto cuerpo y sombreros y cofias que adornasen su gentil rostro.

7. Rue de la Paix. París.

Cuando la gente la veía paseándose por el establecimiento todo eran alabanzas y preguntas. ¿En dónde le han hecho ese vestido tan precioso? Voy a mandarme hacer uno igual en seguida.

Así, pues, los primeros modelos que dibujó Worth, los inspiró el amor.” (La vida de un famoso modisto. J. P. Worth nos cuenta la historia de su padre. Alrededor del mundo. 4-6-1.927)

Pese a la oposición inicial de los dueños, que no querían comprometer su prestigio, abrieron el departamento de confección de vestidos en 1.850. La Maison Gagelin participó en la Exposición Universal de 1.851 celebrada en el Palacio de Cristal de Londres presentando dos modelos de Worth  que consiguieron una medalla de oro.

Francia había sido el primer país en exponer moda en  un certamen internacional y Worth el primer diseñador. Como consecuencia inmediata Le Moniteur de la Mode publicó creaciones suyas y algunos experimentos encauzados a aligerar la crinolina: su nombre ya empezaba a ser conocido.

En Londres en la siguiente exposición de  1.855 alcanzaron la Medalla de Primera Clase. A partir de ahí empezó a recibir pedidos.

La segunda Exposición Universal dejaba claro el liderazgo de la moda femenina parisina – reconocido por Londres y Viena, cuyas principales modistas declinaron presentar colecciones de vestidos en los primeros certámenes universales – poniendo de manifiesto las crecientes posibilidades de expansión del mercado, pues sobre todo los visitantes americanos y rusos se mostraron especialmente atraídos por esta recién nacida industria de la moda. Buscó entonces un mayor reconocimiento profesional intentando incorporar su nombre al de Gagelin pero no lo consiguió aunque sí le ofrecieron un porcentaje accionarial. No es del todo exacto lo que narra su hijo Jean Philippe porque en Gagelin se negaron a hacerle socio a pesar del aumento en las ventas que venía experimentando la tienda gracias a sus iniciativas.  Esta negativa fue el detonante (ya se había casado con Marie Agustine Vernet y eran padres de dos hijos) para emprender una nueva aventura empresarial.

Al finalizar el año 1.857, estaba en marcha la «Maison spéciale de Confection Worth & Bobergh», situada en la parisina Rue de la Paix.

La calle que contaba ya con algún otro establecimiento de prestigio, como la «Maison Doucet», pequeñas joyerías, y comercios de complementos, se convirtió a partir de ese momento en la avenida de la moda de París o, lo que entonces era prácticamente lo mismo, de la moda del mundo entero:

“… en un apartamento que hoy ha quedado convertido en el edificio de siete pisos que lleva la firma Maison Worth. Fue este un golpe audaz, como todos los de Charles Frederick Worth, pues esto ocurría antes que el barón Haussmann alterase los planos y modificase el mapa de la Cité, y la Rue de la Paix pertenecía aún al faubourg aristocrático…

Este paso con el que trasponía la línea de demarcación entre la sección comercial y la residencia de París, tuvo muchos imitadores, pues, como todo el mundo sabe, la Rue de la Paix es hoy a la Moda universal lo que el Quai d’Orsay es a la Política internacional.

Otro paso que rompía con la tradición siguió a éste, provocando una revolución en la Moda, y fue el de presentar sus modelos por medio de maniquíes vivientes.” (1)

En principio, el negocio quedó instalado, como solía ser práctica habitual entre las modistas, en el primer piso de un moderno edificio de apartamentos con los talleres de costura situados en el patio interior, aunque el progresivo crecimiento de la empresa – en muy poco tiempo duplicaron el número de empleados, de 20 a 40 – les llevó a ocupar las cuatro plantas del inmueble, anexionándose, incluso, dependencias colindantes.

El vestíbulo entelado, las plantas verdes, las vitrinas de curiosidades daban paso a gabinetes y saloncitos forrados de espejos, dispuestos estratégicamente para reflejar las sedas de Lyon, los brocados italianos y los paños ingleses, despertando la admiración de las visitas. La apoteosis final tenía lugar en el salón «lumière», iluminado permanentemente con luz de gas para que los vestidos pudieran ser apreciados tal como iban a lucir en el día del baile.

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Worth & Bobergh. Ca. 1.861. Treasures from the Chicago History Museum. 1954.287a.

Una vez establecidos, la ambición de los diseñadores fue a más: no bastaba con hacer rentable su trabajo. Había que conseguir un reconocimiento y fama similar a la alcanzada por otros profesionales de talento; por eso no les parecía suficiente la importante cartera de clientas, algunas provenientes de Gagelin, con la que partían, ni las posibilidades de la demanda extranjera: necesitaban acceder a los círculos superiores de la Corte a los que aún no habían logrado llegar.

La ocasión, para Worth & Bobergh, surgió muy pronto con motivo de una las numerosas recepciones imperiales, brindándoles la invitada Valerie Feuillet una oportunidad de oro, la de lucir un vestido de la casa en palacio.  Fue confeccionado en seda y tules superpuestos de colores lila y blanco, moteado con pequeños bordados florales. La  delicadeza del vestido llamó la atención de la emperatriz, aunque al preguntar por el nombre de la modista  se sorprendió  porque le parecía insólito que un hombre fuese «modista» No tuvieron los resultados inmediatos que esperaban.

Pocos días antes de celebrarse el gran evento de la temporada, el Baile de Estado, la esposa de Worth fue a visitar a la princesa Paulina, casada con el embajador de Austria en Francia, el príncipe Richard von Metternich, para mostrarle un álbum de diseños, probablemente dibujados por Bobergh, y ofrecerle la realización de cualquiera de aquellos vestidos.

El encanto de los diseños la llevó aceptar el desafío – a ella también le parecía extraña la idea de que un inglés hiciese vestidos para mujeres en París –  encargando a Marie Agustine un traje de día y otro de noche que, en ningún caso, podrían sobrepasar los 300 francos.

“La princesa ojeó el álbum, y quedó asombrada… Aquel inglés tenía ideas maravillosas… Madame Worth fue recibida inmediatamente; explicó que su marido quería vestir a la princesa, sin importarle el precio. El encargo quedó hecho: un traje de mañana y un traje de noche, por seiscientos francos en junto: trescientos cada uno…

Hacia fines de semana – escribe la princesa -, después de una prueba (insisto en el hecho de una prueba única, ya que lo corriente entonces era probar cinco o seis veces), me fueron enviados los dos trajes. Eran de una perfección absoluta, y mandé mis más calurosas felicitaciones al artista que los había enviado…

Al miércoles siguiente se celebraba un gran baile en las Tullerías, en la sala de los Mariscales. Llevé mi traje de Worth, y puedo decir que jamás tuve otro tan magnífico ni que me sentara mejor. Era de tul blanco, salpicado de redondeles pequeños de plata (moda que entonces estaba en pleno apogeo), y adornado con margaritas de corola roja, rodeadas de manojos pequeños de hierbas, hechos con plumas. Estas flores estaban veladas todas con tul. Rodeaba el talle un cinturón ancho de raso blanco…

En efecto, la Emperatriz felicitó a la princesa y le pidió que enviara a su modisto a las Tullerías, a las diez de la mañana siguiente. “Worth estaba lanzado – escribe la princesa Metternich. Y añade graciosamente -“…Ningún traje de trescientos francos volvió a ver la luz del día…” (2). A la emperatriz aquel vestido de la princesa Paulina también le había parecido maravilloso por su  simplicidad y elegancia.

Worth & Bobergh. 1.866-1.867. Philadelphia Museum of Art.

Worth & Bobergh. 1.866-1.867. Philadelphia Museum of Art. 1996-19-1a–c.

Los dos socios eligieron para su elaboración el tejido más majestuoso de las sederías lionesas, un brocado con dibujos de abanicos orientales, la última innovación de una fábrica hasta entonces estrictamente francesa en sus estampados. El vestido no gustó a la emperatriz Eugenia, porque al tratarse de tejidos con mucho cuerpo, los brocados sentaban peor que las sedas lisas además de que habían empezado a emplearse con bastante frecuencia en tapicerías gracias a una producción más diversificada, quedando reservadas las fayas, muarés o tafetanes para los trajes.

Pero la negativa a vestir el escotado traje de brocado beige se encontró con los inapelables argumentos de alguien extraordinariamente inteligente y persuasivo como lo era Worth, quien le pidió, en presencia de Napoleón III, que vistiese, al menos una vez, el tejido de Lyon. El emperador quedó encantado con la propuesta de Worth. De esta manera tan simple quedaron inaugurados los «vestidos políticos», idóneos para que las primeras damas publiciten los tejidos y la moda de sus respectivos países en los viajes oficiales convirtiéndose  ellas mismas en embajadoras de la  moda. Años después y con motivo de la inauguración del Canal de Suez en Egipto (17 de noviembre de 1.869) la emperatriz Eugenia encargó a Worth 150 vestidos.

La emperatriz pasaba así a encabezar la nómina de clientas importantes iniciándose a partir de esta fecha, 1.860, la década dorada de «Worth & Bobergh», cuyos nuevos hábitos tenían cualificada repercusión mediática haciéndose eco de los mismos importantes escritores y columnistas de prensa.

Hacia finales de 1.860 dejó  a un lado el uso de la crinolina  a favor del polisón de manera que la falda quedaba plana por delante y el exceso de tela se recogía por detrás. Worth se inspiró, al parecer, en la forma en la que las lavanderas de París remangaban sus faldas  mediante graciosos recogidos que contribuían a resaltar sus caderas. Para él fue un orgullo haber sabido adaptar a su lenguaje propuestas alejadas de su concepción suntuosa del vestir, como el traje sastre de Redfern o los vestidos estéticos ingleses.

Worth utilizaba la toile o glasilla para la hechura de sus vestidos (Toile o glasilla (fr. Toile): Se trata de un tejido de algodón que sirve para designar en él el patrón y comprobar así, el efecto de este antes de su confección definitiva. En español también recibe el nombre de “glasilla”.)

“Hace todos sus modelos con muselina blanca y negra, y cuando con estos colores ha visto bien el efecto de las líneas y de los pliegues, pasa a confeccionar otros modelos con las telas de distintos colores que le parece pueden contribuir más a la belleza de la confección y adaptarse mejor a la individualidad de la persona que está vistiendo.”

Alrededor del mundo (Madrid). 15/8/1.901, página 8.

El no hacía vestidos, hacía «toilettes»; por eso su elaboración entrañaba todo un proceso creativo en el que necesitaba observar minuciosamente a la mujer, inspirarse al atardecer escuchando música de Verdi, contemplar los objetos preciosos, las telas de sus salones para finalmente «sonar la solución en su mente», después componía la «toilette» más adecuada, la que se acoplaba  mejor a cada fisonomía y carácter específico. En las pruebas procedía como los buenos retratistas, acentuando cortes, marcando pliegues, para ajustar el vestido a la figura, juzgando, a la debida distancia – a través de su mano cerrada en forma de monóculo – el efecto sutil del modelado. Prefería disponer él mismo los complementos y, si la ocasión lo permitía, maquillar los hombros y el rostro, buscando la mayor armonía posible entre el vestido y la naturaleza femenina.

Vestido en principio como un hombre de negocios, fue adecuando su apariencia a la del perfecto gentleman, utilizando abrigos negros, pañuelos blancos, camisas de batista adornadas con gemelos de oro, comportándose en todo momento con la gravedad de un diplomático. Con el paso del tiempo singularizó su indumentaria adoptando el «traje artístico» en el que predominaban las prendas de terciopelo, gorras y capas junto a los lazos en el cuello. Wagner y Tennyson vistieron también este tipo de trajes, aunque al parecer el referente de Worth era Rembrandt. Así vestido fue retratado por Nadar.

De la misma forma que los artistas exponían sus obras en los salones parisinos, Worth comenzó a organizar desfiles de costura en su casa de modas. Al iniciarse 1.870, La Vie parisienne describía con entusiasmo los nuevos eventos, suscitando las críticas de Paris-Mode que encontraba estas prácticas propias de «messieurs les couturiers», expresión en cierto modo connotativa de la perspectiva revolucionaria con la que Worth había sabido situarse entre sastres y modistas, ocupando una posición privilegiada gracias a su talento innovador .

Su esposa fue la encargada  de presentar en sociedad sus nuevas creaciones mediante continuas apariciones en la ópera, las carreras y los bailes de gala a los que acudía invitada por la princesa de Metternich o la emperatriz Eugenia.

En 1.863, el reportaje titulado «Modes et toilettes de Fontainebleau» se refería a uno de los trajes vistos en la fiesta en los siguientes términos:

“De la misma manera que se averigua el autor de un buen cuadro, hemos querido también conocer el autor de esta pequeña obra maestra… no hemos escuchado el nombre de ninguna modista, sino el nombre de un artista inglés: M. Worth”.

Caharles F. Worth. 1.874. Kyoto Costume Institute.

Charles F. Worth. 1.874. Kyoto Costume Institute. AC9167 94-35AB.

No sabemos si el vestido Luis XV de la princesa Paulina von Metternich,  esposa del embajador de Austria, descrito por la crónica periodística, llevaba la etiqueta «Worth & Bobergh», aunque desde un principio los dos socios no tuvieron ningún inconveniente en emplear los sistemas de etiquetaje de la confección, introducidos por el comercio inglés a comienzos de siglo y adoptados inmediatamente por los grandes almacenes. De manera similar, las confecciones especiales de «Worth & Bobergh», dedicadas en buena medida a la exportación americana, mostraban en su interior la marca  registrada mediante letras de imprenta bordadas en etiquetas de tela.

A partir de 1.870 Worth se quedó al mando de la Maison y sustituyó la marca por la firma. El cambio estuvo motivado por diversas razones, la más evidente la disolución de la sociedad, aunque optar ahora por la letra ortográfica y la rúbrica no solo servía para dificultar la copia de la etiqueta, sino que, ante todo, introducía en el vestido la denotación de obra de autor, de objeto de lujo, desmarcado de los caracteres industriales de la producción en serie.

Otro de sus innovaciones fue la novedosa idea de que fueran  jóvenes mujeres las que vistieran sus creaciones para mostrarlas a sus dientas, poniendo así los cimientos de la profesión de modelo o maniquí.

En esos momentos para no atentar contra el decoro las maniquíes llevaban una malla negra sobre la que disponían las diferentes toilettes que exhibían. En España el primer modisto que exhibió sus colecciones en vivo fue Pedro Rodríguez (1.895-1.990)

En 1.871 Worth cerraría por primera vez sus puertas como muchas otras firmas en la moda, obligado por las circunstancias, al entrar las tropas prusianas en París:

“La Casa Worth estuvo cerrada durante, el sitio de París, de donde el famoso coutmier pudo escapar en globo. Pero regresó a la capital francesa en cuanto se firmó la paz, y reanudó su trabajo, inaugurando dos colores para la ocasión, uno de un naranja intenso llamado «Bismarck rabioso», y el otro de un gris obscuro titulado «Escombros de París. »(3)

Harto de que le copiaran sus vestidos promovió en 1.868 la creación de La Chambre Syndicale de la Confection et de la Couture pour Dames et Fillettes, comúnmente conocida como  Cámara Sindical de la Alta Costura, de la que Worth fue presidente, con el propósito inicial de perseguir el espionaje, evitar las copias y defender los intereses comunes de sus miembros. A partir de 1.880 se denominó La Chambre Sindycale de la Couture Française. En 1.910 Gaston Worth fue el presidente y en 1.923 lo fue Jean Philippe Worth.

Worth. 1.882. MET.

Maison Worth. 1.882. MET. 2009.300.635a, b.

Contar en el guardarropa personal con vestidos de Worth y poder colgar en el palacio un retrato pintado por Franz Xaver Winterhalter (1.805-1.873) era el sueño de las damas de la high life de la que hablaba socarronamente   Asmodeo en sus crónicas. Las nobles y ricas señoras esperaban al modisto  en las salas del 7 rue de la Paix sin prisa aparente mientras sus carruajes las aguardaban a la puerta del establecimiento. Una vez que Worth hubo alcanzado prestigio internacional ni siquiera las recibía en persona a menos que alguna de sus empleadas de confianza le informara de que alguna de ellas se disponía a realizar  un encargo sustancioso. No consentía ni una insinuación, ni una queja y si alguna expresaba el más mínimo descontento respondía: Señora, tengo a Europa a mis pies. O lo que es lo mismo: váyase que aquí mando yo.

“Hemos estado ya en casa del sastre, como en Madrid llaman a Worth: hemos ido también a la de la ilustre madame Lafferrière, la rival, la competidora de Worth, y a ambos les hemos encargado media docena de trajes de 1.000 francos para arriba. Tal es el mínimum de las obras ejecutadas por cualquiera de esos reyes de la moda.

Si no fuese tan modesta y depresiva para la dignidad humana, sería curiosa, cuál estudio de costumbres, una visita al… ¿cómo diré? – ¿al taller?- no ¿al  templo de entrambos árbitros de la elegancia europea.

Porque ni Worth  ni mad. Laferrière trabajan sólo para Francia y París, sino para el mundo entero: ellos envían remesas de vestidos igualmente a Nueva York o a La Habana que a San Petersburgo; lo mismo a Londres que a Madrid; a Lisboa y a Viena; a Roma y a Berlín.

No todos los que pretenden ver a la Lafferrière o a Worth lo consiguen: una y otro tienen al frente de sus establecimientos una première demoiselle, una gerente, que es la que se entiende con el vulgo de la practique.

Según la importancia de la persona, o mejor según la importancia del encargo, bajan o no de la trípode los oráculos, y se dignan o no recibir a los tontos o tontas que vinieron a dejarles unos cuantos miles de francos.

En casa de Madame Laferrière la gerente se llama mademoiselle Caroline; en casa de Worth responde al nombre de mad. Toussaint.

Ellas son la que prueban los trajes; las que fijan plazo para el término  de las obras; las que llevan todo el tejemaneje de la casa.

Sus principales a lo sumo cortan o dirigen, pasan el verano en sus chateaux, o se pasean por el Bois de Bolonia en carruajes más lujosos que los de un banquero o de un príncipe ruso.

María Agustina Vernet.

Quiero describir el interior de uno de esos santuarios de la fashion.

Una multitud de damas elegantes y bellas sentadas en los divanes y sillones del salón principal, aguardan a que les llegue su turno para hablar con Worth o Laferrière o en su defecto con sus representantes.

No se crea que son extranjeros o personas de poco más o menos, no: allí están los primeros nombres de Francia: las Larrochefoucauhd, las Coutrés, las Montmorency, alternado con  las Dolgorouky, las Mentschicoff, y otras señoras de la alta nobleza rusa.

Dos o tres mujeres bien vestidas bien vestidas y de buen aire – como decimos actualmente – se pasean gravemente, llevando puestos ricos abrigos o caprichosas manteletas.

Otra porción de demoiselles circulan por gabinetes y corredores, llevando órdenes aquí, ejecutándolas allá; comunicando mensajes de M. Worth; enterando a Mad. Laferrière de las personas que desean el poderoso auxilio de su tijera y de su aguja.

La actriz célebre se codea con la duquesa, con la cual tiene quizás  vínculos ignorados o secretos; la cocotte alterna con la señorita ilustre a quien acaso ha arrebatado su amante; en fin allí se juntan, allí se reúnen las notabilidades de la hermosura y de la elegancia, cualquiera que sea su esfera social.”

Asmodeo in La Época (Madrid. 1849). 24/9/1873, número 7.659, página 1.

El modisto llegó  a hacer pública la lista de sus deudores. Con él no se jugaba:

“Está causando gran agitación en cierta clase de la sociedad parisiense y aún de la extranjera la determinación adoptada por el célebre modisto M. Worth, cansado ya de ver que una parte de sus parroquianas acudían a él para encargarle sus más lujosos trajes, pero no se acordaban de pagárselos, a pesar de sus frecuentes indicaciones.

La medida tomada por el bueno del industrial no deja de ser radical y expeditiva. Ha consistido en dirigir a todos los individuos del gremio de Confección y Costura de que es presidente una circular en la que en sustancia les propone que se imprima una lista de todos los parroquianos de ambos sexos que por mala fe o por fuerza mayor han abusado de la confianza de sus proveedores.

El mismo M. Worth, dando el ejemplo, ha publicado ya la primera lista de sus deudores recalcitrantes, dividida en tres categorías.

La categoría A comprende los estafadores (como se ve, M. Worth no usa de metáforas); los insolventes de Francia y del extranjero;

La categoría B designa los que por vanidad y afán de ostentación le han hecho pedidos superiores a los medios de que disponían para pagarlos;

Charles F. Worth. 1.887. The Kyoto Costume Institute. AC9712 98-29-2AB.

Y por fin, en la categoría C figuran los que, gozando de bienes de fortuna, demoran cuanto pueden los pagos, y no se deciden a efectuarlos hasta que el costurero les ha refrescado repetidas veces la memoria.

No hay para qué decir si la publicación de esta lista habrá levantado polvareda y excitado los ánimos y los nervios de muchas de nuestras elegantes. Los epítetos injuriosos que se dirigen a M. Worth no tienen número, habiendo hecho suya la cuestión varios periódicos, unos vituperando hasta con frases mal sonantes lo que llaman descortesía y falta de caballerosidad del industrial, y otros, por el contrario, ensalzándole hasta las nubes por su enérgica determinación, que contribuye a hacer caer muchas máscaras y a poner  en su verdadero terreno ciertas reputaciones de oropel.

Por mi parte, no veo más motivo para la resonancia que dicha medida ha tenido sino que hiere a los interesados en la parte más sensible y vidriosa del ser humano, la vanidad; fuera de esto, no la considero más que como un acto comercial, cuyo origen es muy antiguo, y cuya iniciativa ni siquiera se debe a los industriales franceses, puesto que se practica con frecuencia y sin protesta en el extranjero. Además, si en nuestros casinos y sociedades se fija en una tablilla el nombre del socio que no paga sus deudas de juego, ¿por qué no se ha de entregar a la publicidad, para evitar que causen nuevas víctimas, los de los que no satisfacen deudas más sagradas, como son las del trabajo?

Charles F. Worth. Capa Tulipanes Holandeses. 1.889. MET. 2009.300.1708. 

Lo cierto es, repito, que la conmoción es grande, y no sin motivo, pues en las tres categorías enumeradas figuran los nombres más ilustres junto con los más conocidos en el demimonde o entre cierta clase de personas de conducta notoriamente dudosa.

¡Ah! Si la determinación de M. Worth sirviera para poner un dique al desenfrenado lujo, causa de tantos males, habría prestado un verdadero servicio a la sociedad y a la familia; pero recelo que con esto suceda lo que en este singular París acontece con muchas cosas verdaderamente serias, esto es, que concluyen por tomarse a broma y al cabo de algunos días no queda rastro ni memoria de ellas, ni sirven de saludable escarmiento.”

Anarda. El Salón de la moda. 1.885.  Año II, nº 41.

Leída así la noticia puede tomarse como algo anecdótico, fruto de un enfado transitorio aunque de  dudoso gusto. El seguimiento de la prensa de la época me permite afirmar que no fue un hecho tan intrascendente como nos describe Anarda porque tuvo amplia repercusión mediática por parte de algunos sectores de la prensa y se dirimió en los Tribunales de Justicia:

LA GRANDE CONSPIRATlON DES COUTURIERS

“¿Quiénes son tan originales conspiradores? ¿Qué tiene que ver el pekin, la faille, el satin merveilleux, la peluche, los paniers, los fichús María Antonieta, los delanteros incroyables, las colas paon, con los instigadores de un pronunciamiento? se dirán mis lectores de ambos sexos.

No teman que los modistos hagan causa común con los intransigentes no; esos seres anfibios, que descotando a la mujer despluman al hombre: esos seres neutros que vistiendo a sus parroquianas desnudan a sus maridos, son eclécticos en política, se acomodan con todo régimen de gobierno, siempre y cuando el poder supremo, llámese república, monarquía o imperio, no imponga a las ciudadanas el uniforme en uso en el Congo: el traje primitivo de nuestra común madre Eva. Pero los modistos son industriales industriosos, son insaciables en su sed de lucro, se toman en serio, han elevado su ganapán a la categoría de arte, se han constituido en gremio, y para evitar las quiebras del oficio, han elegido un Comité directivo encargado de velar por los intereses de la Asociación, de hacer pasar por el ojo de sus agujas la solvabilidad de sus respectivas clientes, y ese Comité, de que es presidente el celebérrimo Worth, ha enviado una circular a todos sus coasociados, acribillando a alfilerazos las reputaciones más sólidas del mundo elegante. Worth ha cortado con su pluma muchos más sayos que con su hábil tijera;  esos patrones han caído en manos de un repórter [sic], y este metomentodo anónimo, ha llevado al Télégraphe la susodicha circular de la CHAMBRE SYNDICALE de la CONFECTION & DE LA COUTURE POUR DAMES ET ENFANTS, circular que se reduce a colacionar los nombres inscritos en los libros de cada uno de los asociados, y a hacer seguir a cada nombre de una de las letras A, B, C.—A, quiere decir «estafador»; B, se aplica a quien aparenta más de lo que tiene; C, significa quien paga tarde, mal y con descuento. En las tres categorías se hallan comprendidos los apellidos, los títulos más ilustres del almanaque de Gotha, de nuestra Guía, del Peerage  inglés; La lista de Worth no es un baldón de ignominia para los que en ella figuran, pero sí el de las trampas de la nobleza europea, y la publicación de cartel de semejante estado ladrón de crédito, es sencillamente una infamia, que de esperar es cueste caro a su autor y al periódico que le ha dado hospitalidad en sus columnas.

Charles F. Worth. Capa Tulipanes Holandeses. 1.889. MET. Detalle. 2009.300.1708.

… Worth merecía unas cuantas contestaciones por el estilo de la altanera respuesta del primer diplomático francés de este siglo (se refiere a Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, más conocido como Talleyrand). Si las hubiera oído no poseería el regio castillo donde mora, dominando  Suresnes, como antiguo señor de horca y cuchillo, y ni el Télégraphe  se hallaría perseguido por más de veinticinco personas, por injuria y calumnia, ante el Jurado del Sena.”

Pedro de Prat in La Ilustración española y americana15/7/1.885, página 11.

“Varias personas cuyos nombres se hallaban inscritos en la famosa lista han demandado de injuria y calumnia al costurero de la rue de la Paix y al diario que ha insertado el difamante documento, y el tribunal, sí ha absuelto a Worth por considerar que no ha tenido parte alguna en la mencionada publicación, ha condenado al Télégraphe a pagar 2.000 francos de multa, 1.000 francos de indemnización a cada uno de los litigantes, y a más, y como suplemento de daños y perjuicios, a la inserción a su cuenta de la sentencia en la Gazette des Tribunaux, en Le Droit, en la Loi y en tres periódicos más, a la elección de sus contrarios. La sentencia justísima del Tribunal del Sena ha sido unánimemente aprobada, y es de esperar sirva de escarmiento a cierta prensa que, en su sed de dar noticias de sensación, ni respeta la reputación ni el hogar doméstico, no ya de los hombres públicos, sino de los más insignificantes seres perfectamente inofensivos y absolutamente desconocidos de los que sobre la cosa pública entienden.”

Pedro de Prat in La Ilustración española y americana15/8/1.885, página 14.

Es lógico preguntarse qué tipo de españoles viajaba por aquel entonces a París.  Unos años antes Asmodeo los había descrito perfectamente  aunque, claro está, la excepción debe venir a confirmar la regla – quiero pensar que así fue porque no salen bien parados –  y  tratar de averiguar a cuál de los tres tipos de deudores de Worth podrían pertenecer:

“Yo para mí tengo que la visita a París se ha impuesto como un deber a la gente elegante: ninguna dama puede excusar la peregrinación anual a las orillas del Sena; ningún dandi pierde la ocasión de echar una cana al aire, cenando media docena de veces en la Maison Dorée o en el Café Americano; y ningún cursi tampoco, después de bañarse en Deva o San Sebastián, quiere dejar de darse lustre contando lo que ha visto, o enseñando lo que trae de París.

Jean Philippe Worth. 1.898-1.900. MET. 1976.258.6a, b. 

 Todos, cada cual por su motivo, llevan aquí la existencia más agitada y tempestuosa que es posible imaginar: — las señoras corren de casa de Worth a la de Lafferrière, del Bon Marché a La Paix, de probarse un sombrero de Mad. Virot a ver otro de Mlle. Thérèse: los hombres no paran ni descansan tampoco un momento y abandonan a las doce de la mañana el lecho que han ocupado al amanecer. Es lo que se llama vulgarmente en España «una vida de perros.»

Asmodeo. La Época (Madrid. 1849). 13-9-1.880. Nº 10.130.

La inteligencia natural de Worth está fuera de toda duda. Sus tácticas de venta fueron impecables: su mujer luciendo las prendas que él creaba cuando ambos trabajaban en Gagelin; el álbum de diseños que hizo llegar a la princesa Paulina Clementina de Metternich-Winneburg a través de ella; la ingeniosa y oportuna sugerencia a la emperatriz Eugenia en presencia de su marido, Napoleón III,  de usar seda de Lyon, ciudad francesa conocida como la capital de la seda; su esposa luciendo sus creaciones en los principales lugares de reunión de la alta sociedad francesa , y aún hay otra aún más sutil que utilizó en sus primeros años de creación de moda: el envío de cartas confidenciales a las damas de la aristocracia,  cuyas señas había obtenido consultando Anuarios, ofreciendo sus creaciones a bajo precio. Por eso no sorprende que Worth siguiera triunfando tras el exilio de  la familia real francesa a Inglaterra al caer el Segundo Imperio Francés porque sus trajes ya eran de sobra conocidos en las distintas Cortes, entre la aristocracia del viejo continente, y la alta burguesía tanto europea como americana:

“Tampoco es fácil destruir la tradición creada por los modistos Worth y otros, que desde el segundo Imperio son creadores de la moda universal  y comerciantes que han utilizado la publicidad del modo más eficaz e inteligente. Aún pueden recordarse los principios de uno de ellos, tal vez el más famoso, que, tratando de adquirir clientes, recogía señas de aristocráticas señoras en los Anuarios, para dirigirlas cartas confidenciales en las que ofrecía espléndidas toilettes a bajo precio.

Seducidas por las ventajas, acudieron muchas, y después de preguntar ¿quién me ha escrito?, el comerciante fingía ignorarlo, y… quedaban las relaciones comerciales entabladas.

Claro está: después del primer encargo, los precios subían de modo extraordinario, y si algunas no volvieron, con otras se constituyó tan sólida clientela, que hoy la fortuna de aquellas casas se cuenta por decenas de millones.”

S.A in  El Heraldo de Madrid. 10/9/1.900, página 1.

Jean Philippe Worth. 1.898-1.900. MET. 1976.258.1a, b.

Los honorarios de Worth quedaban al alcance solamente de los bolsillos privilegiados. La rue de la Paix era conocida como “el paso de las Termópilas” por los maridos de las españolas distinguidas que acudían a la Maison Worth a encargar sus vestidos: “ellas salen triunfantes de elegancia y ellos con las manos en la cabeza” (Almaviva en la Época de junio de 1.885). El modisto nunca lo admitió según se desprende de una entrevista concedida por él mismo a un periodista, recogida por La Época, en la que además marca su clara preferencia por aquellas clientas que le concedían total autonomía en la creación y se limitaban a decirle la finalidad del vestido:

“En cuanto a los precios, dice Worth que están lejos de ser excesivos, y que lo que más los hace subir son los adornos. A veces un abrigo de pieles cuesta 40.000 francos; pero nada tiene de extraño si las pieles valen por sí solas 38.000. Años atrás una señora del Perú pagó 120.000 francos por una falda; pero los adornos valían por sí solos 118. 000.

Según él, las parroquianas que van mejor servidas son aquella que le confían la elección de las telas y la hechura del traje, indicándole el uso a que está destinado el vestido. A este número pertenece la Emperatriz de Rusia, que solo envía a Worth concisos telegramas encargándole un vestido para campo o para paseo.

Los encargos se ejecutan en un plazo que varía de uno a siete días, según la prisa de las señoras y las dificultades de los trajes.

Worth tiene parroquianas en todas las capitales de los países civilizados. Casi todas las Soberanas y las Princesas de Europa se visten en los talleres del gran modisto. La reina Victoria, cuyos gustos son modestos, es una excepción de esta regla.”

La Época (Madrid. 1.849). 22/3/1.888, nº 12.797, página 4.

Las creaciones de Worth se caracterizaron por el uso de espléndidas telas, pasamanerías y adornos, la incorporación de elementos de vestidos históricos y sus patronajes perfectos.

Entre sus clientas, aparte de la emperatriz Eugenia, se encuentran damas de rancia alcurnia como  la emperatriz de Austria, Isabel, Isabel II de España en el exilio, la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, segunda esposa de Alfonso XII de España, o la condesa de Castiglione,  actrices como Sarah Bernhardt, Lillie Langtry o Cora Pearl, también mujeres americanas de las familias más influyentes: los Vanderbilts, los Hewitts o los Astors y muchísimas más.

Como dice María Luisa Funes en  La emperatriz Eugenia de Montijo, propulsora de la alta costura (ABC de 12-07-2.014), Charles F. Worth, considerado como el padre de la Alta Costura con “denominación de origen”, supo aunar las mejores materias primas del mundo con el glamour francés. Se hizo con un abanico de clientas de ensueño y fue un visionario que creó las colecciones por temporada, dispuso de modelos para las presentaciones, utilizó las revistas de moda para promocionarse y aprovechó su relación con las Casas Reales para darse a conocer.

Con Worth el personaje del gran modisto quedó definitivamente perfilado: un artista, con la cultura suficiente para que sus clientas pudieran tratarlo más como a un amigo que como a un sirviente, y profundo conocedor de todos los escalones de la industria, desde la concepción a la distribución.

La Casa Worth continuó su carrera triunfal con los dos hijos de Charles Frederick: Gastón, quien puso orden en la cuestión administrativa — pues Worth padre se gastaba lo que ganaba y más – y Jean Philippe, que heredó el talento creador de su progenitor. Era éste un discípulo del pintor Corot y amigo entrañable de Eleonora Duse, para quien no sólo diseñaba los trajes, sino que también dirigía las caracterizaciones propias de su condición de actriz.

Los nietos Jean Charles y Jacques, así como los biznietos Roger y Maurice, mantuvieron la casa abierta en París y Londres hasta 1.954.

Cuéntase que en cierta ocasión la Duse encargó al modisto con toda prisa unos trajes, y al preguntarle este cómo habían de ser, respondió ella: «Así», mostrando los árboles de las Tullerías, ya casi desnudos de hojas y esfumados en las sombras del crepúsculo. Al día siguiente, sin más tardar, tres maravillosos trajes en tonos otoñales eran entregados en el camerino de la célebre actriz.

Traje de Jean Philippe Worth para la Emperatriz de Rusia Alexandra Feodorovna (1.872 – 1.918)
The State Hermitage Museum, San Petersburgo, Rusia. 1.900’s.

Otra vez, hallándose Jean Philippe Worth a las puertas de la muerte, vino la Duse a suplicarle que recobrase la salud, pues si él llegaba a faltarle, perdería el único amigo que tenía en el mundo. El modisto se apresuró a satisfacer los deseos de su amiga, y ya curado, solía decir: «Debo la vida a Eleonora Duse.»(4)

Muchas de las  creaciones de los Worth se pueden admirar hoy en el         Metropolitan Museum of Art de Nueva York, Victoria and Albert Museum (Londres), Philadelphia Museum of Art, en el Museo del Traje de Kyoto, y Museu del Disseny de Barcelona, entre otros.

Para la elaboración del artículo he seguido a Lourdes Carrillo Rubio: El gusto en el vestido: los orígenes de la moda de autor. También he realizado búsquedas documentales exhaustivas en la Hemeroteca Nacional y en DIGIBUG: Repositorio Institucional de la Universidad de Granada. 

(1) Teresa de Escoriaza in Mundo gráfico. 1.935.

(2)Hernry Duvernois Conferencia sobre la moda pronunciada en la casa Worth publicada en el Suplemento de Blanco y negro. 1.936. Nº 33.

(3) Teresa de Escoriaza. (op. cit.)

(4)Teresa de Escoriaza. (op. cit.)

LA VILLA DE MISTER WORTH:

Más de una vez he hablado a las lectoras de las grandes fortunas que han realizado y realizan, aunque no tanto ya, los modistos establecidos en París que gozan de fama europea  y visten y adornan a las soberanas, princesas y damas de la aristocracia de todos los países del mundo civilizado.

Uno de estos, el célebre Worth, que desarrolló su innegable habilidad y su exquisito gusto durante el próspero y brillante período del segundo imperio cuando la emperatriz Eugenia imponía la Moda y su consorte Luis Napoleón dirigía la política europea, sobrevivió a la ruina de estos dos soberanos; las nuevas situaciones que sucedieron a la catástrofe de Sedán continuaron rindiéndole tributo; y aunque estimulados por los triunfos y ganancias del maestro, aumentó el número de sus discípulos, Worth ha llegado a ser por sus riquezas y por el empleo que ha sabido darles, una de las figuras más interesantes de nuestro siglo, tan fecundo en ejemplares de pobres convertidos en millonarios.

Vestido de Donna Franca Florio (1.873-1.950) atribuido a J. P. Worth. La biografía de esta bella dama es apasionante. El vestido fue creado en mayo de 1.902, fecha en que fue nombrada dama de honor de la reina Elena de Italia. Foto de Alessandro Masetti. Galería de trajes del Palacio Pitti. Florencia. Ver (1), foto oficial de esta dama.

La mayor parte de los periódicos especiales han dedicado últimamente artículos más o menos extensos a reseñar el grandioso palacio que con el modesto título de Villa, posee el famoso modisto cerca de la Estación de Suresnes, lindo pueblecillo de las cercanías de París.

Como en la actualidad dan las señoras, con muy buen juicio, la misma importancia que al traje y al adorno personales, al mobiliario y ornamentación de las casas, seguramente despertará interés o por lo menos curiosidad, saber siquiera sea a favor de una rápida ojeada, de qué manera y con qué lujo viven los que han podido convertir la tijera del sastre en la varita mágica de los capitalistas millonarios.

La villa de Mr. Worth domina el vasto y risueño paisaje que la rodea. En torno de la habitación principal o sea lo que podríamos llamar el cuerpo de la casa, hay muchos y variados pabellones. Algunos de estos son verdaderos museos, aunque tristes; porque los objetos que guardan, aunque artísticos, recuerdan la terrible guerra franco-prusiana,  y particularmente el sitio de París. Allí aparecen espejos, cuadros, estatuas, relojes más o menos heridos por las balas o la metralla. Allí se ven fragmentos de columnas y capiteles del antiguo Hotel de Villa, del destruido palacio de las Tullerías, de los más célebres edificios incendiados por los inolvidables y terribles petroleros. Los pabellones, unidos unos a la casa y separados otros en medio del jardín, alternan con los invernaderos donde se cultivan las más hermosas y raras flores de todos los países del mundo. Las orquídeas abundan, y cada semana se renuevan con ellas y otras flores no menos preciosas, tres mil tiestos que sirven para el adorno de las diversas habitaciones de la casa.

En la fachada principal del edificio aparece la estatua de Francisco I, de mosaico en el que domina el oro. Haremos caso omiso de los anexos o pabellones que son suntuosos y magníficos, destinados unos a museos, como he indicado, y otros, verdaderos hoteles con todo género de comodidades, a habitación de las familias de sus hijos, y sólo describiré la casa principal planeada, dirigida, amueblada y adornada por el mismo Worth.

Jean Philippe Worth. Museum of the City of New York. 1.905. REFERENCE 56.229.1A-B.

El vestíbulo es un espacioso y artístico invernadero, del que parten dos vastas escaleras que dan acceso una a las habitaciones de Mad. Worth y otra a las del célebre modisto. A un lado se halla una magnifica sala de billar, y al otro un vasto y artístico salón enriquecido con preciosos objetos de cerámica, que es el paraje donde se reúne la numerosa familia de Mr. Worth para pasar las veladas.

Las paredes de esta sala son una maravilla. Sobre un fondo de raso rosa aparecen lindas aplicaciones de terciopelo negro de diferentes dibujos. No hay una sola que se parezca a otra, y el efecto de la luz y la sombra está admirablemente buscado. Las sillas y divanes, que son de diversas formas, están tapizados con raso color de cobre viejo y florecillas a la Pompadour.

En el boudoir de Mad. Worth, los muebles son blancos con magníficas esculturas; la pared y los muebles están tapizados con sederías de matices pálidos, y el techo ofrece la preciosa novedad de figurar sobre el lecho, y los divanes sombrillas abiertas contorneadas de encajes y bonitos lazos de cinta.

Un elegante saloncito, contiguo al boudoir abre paso a una amplia y cómoda sala de baño; después se halla un tocador suntuoso con paredes y techo de espejos, y a continuación se sale a la meseta de la escalera que pone en comunicación las habitaciones de Mr. Worth con las de su veterana compañera, escalera que es como todos los detalles de la morada que describo, una obra de arte.

El estilo de las habitaciones de Mr. Worth es más severo y grandioso que el de las de su esposa. La cama, de roble esculpida con columnas, está colocada sobre un estrado de tres escalones. Al pie del lecho hay un banco auténtico de la época de Enrique II, y a la cabecera una gran ventana con cristales de colores de tonos amarillentos. Las telas que tapizan las paredes son admirables, y sobre todo originales; porque forman un adorno raro, pero suntuoso y artístico, combinadas con dibujos de cristal de roca. Un entrepaño de la habitación que nos ocupa, está abierto a manera de arco abovedado, y como incrustados contiene tres cuadros de cristal o más bien relicarios, porque guardan recuerdos de la Emperatriz a quien en mucha parte debe Mr. Worth la inmensa fortuna que ha realizado. El arco tiene dos grandes puertas bordeadas por una franja que representa a las señoras más principales del reinado de los Médicis. Las caras están pintadas; los trajes de seda, raso y terciopelo, tienen tanto relieve, que las microscópicas figuras parecen salir del marco que las encierra y disponerse a andar majestuosamente. Portugal ha realizado por medio de sus bordadoras y pintores bandas análogas, algunas de los cuales fueron muy admiradas en la última Exposición Universal que se celebró en París.

Jean Philippe Worth (1.856-1.926) como Capuleto. Ilustración del libro del que es autor A century of fashion publicado en 1.928.

Desde el cuarto propiamente dicho del célebre modisto, se pasa por el arco citado a un salón que es donde recibe Mr. Worth a sus amigos personales. En este salón atrae la vista una mesa de peluche adornada con preciosas guipures. Bolas de cristal de roca bordean y fijan la guipure sobre el Peluche.

Encima de la puerta de entrada hay un cuadro, un tapiz suizo, que tejido con ricas sedas, representa una procesión, interesante y bien interpretado cuadro de costumbres del  país de Guillermo Tell. En las vitrinas  hay multitud de joyas antiguas y modernas y particularmente una colección de esmaltes que es un tesoro. Los muebles de este salón corresponden al lujo y exquisito gusto de conjunto de la decoración.

Desde el salón hay acceso á un terrado al estilo de la época Francisco I, y á una escalera que en su primera meseta, cerca de la entrada a la Biblioteca, ostenta una estatua muy buena de Napoleón I en mármol de Carrara. De la Biblioteca, donde los libros son principalmente joyas bibliográficas y donde hay multitud de preciosos objetos de cerámica y orfebrería, se pasa a la gran Estufa, vadornada desde el piso bajo hasta el techo con rocas de las que brotan flores, gracias al arte, y que por medio de una amplia escalera comunica desde el bajo a los pisos más altos de la casa. La decoración de esta habitación excepcional, tiene algo de comedia de magia. La escalera es de mosaico, diferente en cada tramo. Uno de estos tramos, el superior, representa  golondrinas, tan bien imitadas que parece que van a volar al acercarse uno a ellas.

La puerta principal de la Gran Estufa, que es toda de cristales, representa un espléndido Sol. A esta estufa, da la ventana de colores que como he indicado aparece a la cabecera del lecho donde descansa de sus fatigas el gran modisto y puede soñar despierto.

Por un gran arco de follage se pasa desde la estufa al comedor, a donde afluyen por amplios y bien alhajados corredores los individuos de la familia de Mr. Worth, que habitan en los pabellones contiguos y que se reúnen para comer en compañía del jefe de la casa y de su esposa.

El comedor ostenta en las paredes, sobre ricos y antiguos tapices, elageres y vitrinas con multitud de objetos de porcelana de Sevres, de plata sobredorada y de oro.

Gastón Worth (1.853-1.924)

La mesa del comedor, de roble esculpido, tiene en el centro un cuadrado con casetones pequeños a diez o doce centímetros de profundidad, cubiertos por preciosos mosaicos, sobre los que se colocan recipientes de cristal con flores. Los manteles tienen las aberturas necesarias para que esta florida ornamentación sirva de recreo a los comensales sin condenarlos a no verse, como sucede con las grandes canastillas que suelen colocarse en el centro y los extremos de las mesas.

Las colgaduras no tienen abrazaderas en ninguna de las habitaciones. Cortinajes y portieres, aparecen pura y simplemente drapeados y sujetos a las paredes por anillas invisibles.

Desde el comedor se pasa a un salón en forma de rotonda; después a un pabellón octógono, y por una galería se va al salón indio que es una de las maravillas de la suntuosa morada de que voy dando idea, aunque someramente. A continuación está la sala de juego, donde con amplitud pueden los invitados hallar toda clase de distracción con los infinitos juegos inventados por el hombre para entretener sus ocios y olvidar los sinsabores de la vida.

Necesitaría mucho espacio para completar esta descripción, y hacerla tan minuciosa como exigen los preciosos detalles de tan fastuoso y espléndido palacio.

Cuanto encierra la Villa de Suresnes, ha costado muchos millones, que durante años y años han ido entregando al célebre modisto, las reinas, princesas, damas aristocráticas, actrices en boga y esposas de grandes banqueros y atrevidos negociantes.

¡Si pudieran contarnos esos millones como fueron adquiridos, que interesantes novelas, dramas y tragedias nos revelarían!

Yo creo que el célebre modisto al emplear con profusión el cristal de roca en el adorno de sus salones, ha obedecido a una fuerza simbólica de esas que nos dominan a pesar nuestro.

Las lágrimas suelen ser de cristal de roca en ciertas clases sociales; pero de todos modos, son lágrimas.

Blanca Valmont in La Última moda: revista ilustrada hispano-americana: todo por la mujer y para la mujer. Madrid, 1.894. Año VII, nº 352

***

NECROLÓGICA DE WORTH:

labelvb1Los periódicos diarios de todos los países han publicado la noticia del fallecimiento de Worth, el célebre modisto parisino. Como varias veces he tenido ocasión de hablar en mis crónicas de este original e  importante personaje, y no hace mucho describí detalladamente el suntuoso palacio que habitaba, sus costumbres y sus riquezas; juzgo que la gran mayoría de las lectoras, para quienes era antiguo conocido, habrán leído con interés los artículos necrológicos que la prensa le ha dedicado.

Worth, que ha muerto a los setenta años, dejando una fortuna de muchos millones de francos, fue en los Estados Unidos su patria durante su juventud un modesto sastre, dotado de gran imaginación, ávido de enriquecerse, que comprendiendo que su buen gusto y su sentimiento artístico no encontrarían la atmósfera necesaria para realizar sus aspiraciones en su país, más industrial y comercial que artista, eligió la capital de Francia para desarrollar sus facultades y satisfacer su ambición.

Llegó a París en 1850; no sin pasar apuros durante algunos meses, logró ser admitido como oficial en el obrador de un sastre de fama; aprendió el corte, mejorando con este motivo de posición, y a los dos o tres  años de vivir en la capital de la Moda concibió la idea que con perseverancia puso en  práctica, de hacer un verdadero arte de la confección de los trajes y adornos femeninos.

Esa adorable y encantadora libertad, que como repetidas veces he indicado, vino a sustituir a lo que no sin algún fundamento se llamaba tiranía de la Moda, él fue quien la inició.

Era costumbre, que ha durado aunque en creciente decadencia hasta hace algunos años, destinar el Viernes Santo a la exhibición de las nuevas modas en el famoso paseo de Longchamps.charles-fredrick-worth-lable-19century

La Primavera es siempre la época de las grandes novedades; y las modistas, exclusivas sacerdotisas de la deidad que siempre ha imperado, lo mismo que los sastres respecto del traje masculino, vestían aquellas a unas cuantas jóvenes guapas y esbeltas, y éstos a unos cuantos jóvenes bien parecidos y elegantes, con los trajes que habían ideado.

Era una verdadera mascarada, una exposición de figurines vivientes, y señoras y caballeros acudían al Bois de Boulogne, donde en el paseo antes indicado contemplaban las novedades como hoy los numerosos modelos que ofrecen los periódicos especiales, resultando de aquella exhibición las nuevas modas femeninas y masculinas.

Entre los infinitos modelos, algunos muy excéntricos, señoras y caballeros elegían dos ó tres de los que más les agradaban, y con tan escasos recursos las modas nuevas que más habían gustado, se reproducían por medio de figurines iluminados en los pocos periódicos que por entonces se publicaban sin la profusión de modelos intercalados en el texto que constituyen la importancia y los atractivos de los numerosos periódicos especiales que hoy ven la luz en todos los países de Europa y América.

La forma de los trajes era uniforme, y de ahí que se considerase a la Moda como una tirana, porque imponía a todas las señoras el mismo atavío, favorable a unas y desfavorable a otras.

imagescaq825ifWorth intentó acabar con esta rutina, partiendo del lógico y artístico principio de vestir y adornar a cada señora en armonía con las condiciones especiales de su figura, de sus facciones, de su tez y hasta de su posición social.

Reservó su idea, continuó trabajando y economizando para poder un día establecerse y desarrollar su plan; aprovechaba los días de fiesta en visitar los museos, adquiría libros de indumentaria, estampas; estudiaba como un pintor los efectos del colorido; se amaestraba en el dibujo y al fin cuando el segundo Imperio se hallaba en todo su apogeo, pudo conseguir su propósito.

En aquella época comienza la verdadera revolución introducida en el imperio de la Moda.

Lo primero que hizo fue buscar un pintor para que convirtiese en interesantes acuarelas sus creaciones, y algunos días antes de que se celebrase el tradicional paseo de Longchamps, la Emperatriz y las más principales damas de la Corte recibieron preciosos álbumes con unos figurines que reunían la novedad, la elegancia y la variedad, en formas y colores adaptables a los diversos tipos de las señoras que podían utilizarlos.

Bertall (1.820-1.882), seudónimo de Charles Albert d'Arnoux (también utilizó el seudónimo Tortu-Goth ). La Comédie de notre temps : études au crayon et à la plume, vol. 2, Plon, París, 1.875. "Quand je vous dis que c'est une robe de chez Worth, je reconnais la touche." "I told you it was a dress from Worth's. I know the look.".

Bertall (1.820-1.882), seudónimo de Charles Albert d’Arnoux (también utilizó el seudónimo Tortu-Goth). La Comédie de notre temps: études au crayon et à la plume, vol. 2, Plon, París, 1.875. “Cuando te digo que es una traje de la Casa Worth, reconozco el toque”. 
“Quand je vous dis que c’est une robe de chez Worth, je reconnais la touche.” “I told you it was a dress from Worth’s. I know the look.”.

Esta sorpresa produjo el efecto que se prometía Worth. La Emperatriz eligió los modelos que más se armonizaban con su poética belleza. Las principales damas de la Corte imitaron el ejemplo de la soberana. Circuló la noticia, y los famosos álbumes recorrieron los suntuosos palacios del aristocrático faubourg Saint-Germain y los novísimos hoteles de los banqueros y capitalistas más importantes.

Las señoras, acostumbradas a la monótona uniformidad, aceptaron con entusiasmo la variedad distinguida y elegante de los nuevos modelos. Como por encanto fué ensanchando su esfera de acción el obrador del modisto: los carruajes llenaban su calle, los encargos se multiplicaban a pesar de lo subido de los precios, porque un traje de Worth costaba cuatro, cinco y hasta seis mil francos; y la fortuna del pobre sastre norteamericano, llegó en breve a ser de las más importantes y envidiadas de París.

El éxito permitió adquirir vuelos al carácter dominante del yankee; y si gracias a sus admirables creaciones la Moda dejó de ser tiránica, la tiranía no cesó, porque Worth se convirtió en un verdadero tirano.

No habla medio de discutir con él. Apenas penetraba una señora en lo que él llamaba su estudio de artista, la examinaba atentamente, la obligaba a tomar las actitudes que le indicaba, se recogía para meditar, elegía según el destino del traje la tela, el color y los adornos que su concepto convenía a la cliente, presentaba por decirlo así, el traje proyectado, formando pliegues con la tela y colocando sobre ella los adornos, buscaba entre las infinitas acuarelas que hacían diariamente bajo su dirección no ya uno sino varios pintores, la forma que mejor podía convenir al traje en proyecto, y cuando había compuesto la obra artística, inútil era que la señora hiciese alguna que otra tímida observación.

El era el responsable, su crédito no podía sufrir el menor menoscabo, el traje había de hacerse a su gusto.

De no ser así no lo hacía. Y como en último resultado los trajes que salían de su casa eran maravillas de arte, buen gusto y  elegancia, las súbditas del déspota callaban y pagaban las exorbitantes facturas, haciendo a veces grandes sacrificios por ostentar un traje de Worth.

Probador de la Casa Worth en 1.890. Pinterest.

Probador de la Casa Worth en 1.890. Pinterest.

Se cuentan muchas anécdotas, en las que aparece el modisto como un verdadero ogro. Su orgullo, su soberbia no tenían límites. Quiso ser millonario y explotó las debilidades de las señoras, que todo lo sacrificaban al lujo.

Al principio le hicieron una desesperada guerra las modistas; pero su primer paso fué dado en firme, y la predilección de las damas de la Corte por sus trajes, le alcanzó el triunfo sobre sus adversarios. Estos no pudiendo vencerle le imitaron; y desde hace ya muchos años compartieron con Worth el favor y la fortuna algunas modistas y modistos, que hoy son también ricos y célebres.

Hacer ostentación de su poder, era uno de los mayores goces de Worth.

En 1.862 llegó al más alto grado de apogeo el miriñaque, que aún recordarán algunas lectoras. Bien mirado era horrible, aunque por entonces parecía encantador. Worth se empeñó en destruirle y lo logró tan pronto, que en menos de un mes desapareció por completo aquel artefacto. Hay modas que se perpetúan en las clases modestas; pero el miriñaque sufrió un verdadero eclipse total.

La fortuna volvió a ser propicia a Worth, y después de haber vivido como un soberano, ha podido dejar a su muerte muchos millones de francos, asemejándose en esto a sus compatriotas, que han adquirido celebridad en el mundo entero por sus fabulosas riquezas.

También estuvo a pique de eclipsarse la fortuna del modisto, cuando Alemania venció a Francia, cayó el Imperio de Napoleón III, y los horrores de la Commune hicieron retroceder la cultura parisiense a los tiempos de la más terrible de las barbaries.

Pero al desaparecer de la escena las ilustres damas que eran sus asiduas clientes, ofreció sus servicios a las principales Cortes de Europa, y las Emperatrices de Austria y Rusia, las Reinas de Italia, Bélgica y Portugal, los aceptaron con entusiasmo, siendo imitadas por muchas damas distinguidas de toda Europa y de los mismos Estados Unidos.

Y por cierto que parecen fábula estas fortunas colosales, aunque son realidad. Con motivo de la reciente boda de Miss Gould, que se ha unido al Marqués de Castellane, un aristócrata francés muy distinguido, pero con más blasones que monedas, se ha reproducido la mágica lista de los millonarios norteamericanos.

El padre de la recién casada, que falleció el año anterior, poseía un capital de 1.375 millones de francos; 1250 posee Mr. Mackay, 635 Vanderbith, y así por el estilo hay en los Estados Unidos hasta una docena de caballeros, cuya fortuna se eleva desde 100 á 5oo millones.

Si el dinero pudiera comprar la felicidad, estos millonarios serían muy felices; pero parece ser que no lo son. Hace poco referí las disidencias que habían surgido entre Vanderbith y su esposa; de algunos de esos personajes riquísimos, se cuenta que se aburren soberanamente, porque practican más la filantropía que la caridad.

La dicha que podemos disfrutar en este mundo, depende en primer término, de nuestro carácter, de nuestros sentimientos. Es dichoso quien se conforma con su suerte.

En la medianía y hasta en la pobreza que alivia el trabajo, puede sonreírnos la felicidad, y en la opulencia puede faltarnos en absoluto.

Esto consiste quizás en que la felicidad es creación de Dios y el dinero del hombre”.

Blanca Valmont in La última moda: revista ilustrada Hispano-Americana: todo por la mujer y para la mujer. Madrid, 24 de marzo de 1.895. Año VIII, nº 377.

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La Alta Costura impulsó el sector textil pero también tiró de la industria del calzado, la joyería y la perfumería. A Worth le siguieron otros creadores, como Jeanne Paquin, Paul Poiret, Coco Chanel, Schaiparelli, Patou, Lanvin, Vionnet, Mariano Fortuny o Balenciaga. Pero las guerras dieron lugar a finales de los 50 a la ropa ya disponible por tallas, menos sofisticada y más barata: era el nacimiento del Prêt-à-Porter.

En Francia, el marchamo Haute Couture lo otorga el Ministerio de Economía, Finanzas e Industria a través de la Cámara Sindical de la Alta Costura. La Cámara es la institución encargada de estudiar y evaluar cada empresa y certificar al Ministerio que cumple con la normativa prescrita. Así, en Francia, la costura es alta cuando la Cámara así la reconoce; de modo que el adjetivo “alta” significa también “oficial.”  (Pablo Pena González. Óbito y transfiguración de la Alta Costura. Indumenta: revista del Museo del Traje, nº 1. 2.008)

Emperatriz Eugenia de Francia con vestido de Worth y retratada por Winter.. Ca. 1853.

Emperatriz Eugenia de Francia retratada por F. X. Winterhalter. Ca. 1.853.

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Isabel de Baviera, emperatriz de Austria y reina consorte de Hungría. Sissi. Vestida por Worth y pintada por Winterhalter en 1.865.

Isabel de Baviera, emperatriz de Austria y reina consorte de Hungría. Sissi. Vestida por Charles F. Worth y pintada por Franz Xaver Winterhalter en 1.865.

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Princesa Pauline Metternich con un vestido de Worth. Fotografía de Andre Adolphe Eugene Disderi. 1.865.

Princesa Pauline Metternich con un vestido de Worth. Fotografía de Andre Adolphe Eugene Disderi. 1.865.

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Eliza Emma Crouch o Emma Elizabeth Crouch, (1.835?-1.886), conocida como Cora Pearl, famosa cortesana nacida en Londres, vestida por Charles Worth y retratada por André Adolphe Eugène Disdéri (1.819-1.889). Ca. 1.860.

Cora Pearl vestida por Charles F. Worth y retratada por André Adolphe Eugène Disdéri (1.819-1.889). Ca. 1.860.

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La actriz Sarah Bernhardt  se declaró en quiebra en 1.883. Uno de sus acreedores fue Worth. No es descabellado suponer que la incluyera en su listado de morosos:

“La venta de las joyas de Sarah Bernhardt  asciende a la cantidad de 178.000 francos.

Todos los acreedores invocan el derecho de preferencia para sus créditos.

Mr. Bloche ha declarado  que prestó 180.000 francos sirviendo parte de esta cantidad para sacar del Monte de Piedad las alhajas de Sarah Bernhardt, y este, concertado con Mlle. Robert, a quien se adeudan 40.000 francos, fueron los que provocaron el concurso.

Entre los acreedores figuran Mr. Worth, modisto,  por la suma de 5.000 francos, importe de los trajes de Fedora; Mme. Delphine Baron, modista por la de 25.000, valor de los trajes de Mr. Damala en la comedia Les Mères Ennemies; Mr. Fossey, fabricante de muebles; Mr. Remond como constructor del hotel de Sarah Bernhardt en la calle Villiers.

El abogado de Mr. Worth se lamenta de cuando su cliente va a Vauterille para hacerse pago con el sueldo de Sarah Bernhardt, siempre le responden que madame ya ha cobrado los 1.000 francos que gana cada noche.

Algunos acreedores creen que entre los que han procurado la venta y la deudora, media un pacto secreto, o que son acreedores supuestos, y que después devolverán el dinero a Sarah Bernhardt; por lo que el presidente Aubépin dará una orden para que se examinen los créditos y se marque el orden con que han de hacerse efectivos.

No nos oponemos a que Sarah Bernhardt de mucho que hablar pero no en este sentido.”

La Época. 6 – 3 – 1.883. Nª 11.011, página 2.

Sarah Bernhardt vestida por Worth.1.880

Sarah Bernhardt vestida por Worth. 1.880.

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Louise van Loon-Borken (1.832-1.893)

Vestido de Charles Worh perteneciente a Louise van Loon-Borken (1.832-1.893) realizado en 1.887.

Retrato de Louise van Loon-Borken con el mismo vestido realizado por Alexandre Cabanel (1.823-1.889). Musée Van Loon, Amsterdam. 1.887.

Composición de vestido y retrato de Louise van Loon-Borken en el Museo Van Loon.

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Manto usado  por cantante de ópera australiana Nelly Melba (1.861-1.931), en  Lohengrin de Richard Wagner, creación de Jean Philippe Worth. The Arts Centre, Melbourne. cv.vic.gov.au. 1.891.

Manto usado por la soprano australiana Nelly Melba para el personaje de Elsa en Lohengrin de Richard Wagner creado por Jean P. Worth. 1.891. The Arts Centre, Melbourne. © Performing Arts Collection, The Arts Centre, Melbourne. cv.vic.gov.au.

Manto usado por la soprano australiana Nelly Melba para el personaje de Elsa en Lohengrin de Richard Wagner creado por Jean P. Worth. 1.891. Pinterest.

© Performing Arts Collection, The Arts Centre, Melbourne. cv.vic.gov.au.

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Cora Urquhart Brown-Potter (1.857-1.936), Señora Brown-Potter, actriz de teatro, nacida en Nueva Orleans, vestida como Cleopatra. Ilustración “Paris Dressmakers” de Griffith, publicada en The Strand Magazine no. 48, Vol. VIII, julio-diciembre 1.894. El boceto fue publicado años antes en la prensa española.

La Ilustración ibérica. 11-5-1.889.

Cora Urquhart Brown-Potter (1.857-1.936), Señora Brown-Potter como Cleopatra. 1.894.

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Marie-Joséphine Anatole Louise-Élisabeth, condesa Greffulhe-Chimay, condesa Greffulhe (1.860-1.952). Exposición “La Mode Retrouvée: les robes trésors de la comtesse Greffulhe” celebrada en el  Pallais Galliera, Musée de la Mode de la Ville de París del 7 de noviembre de 2.015 al 20 de marzo de 2.016. Esta muestra se está celebrando actualmente en el Museum at FIT (Fashion Institute of Technology) de Nueva York del 23 septiembre de 2.016 hasta el 3 de enero de 2.017.

Condesa Greffulhe vestida por la Maison Worth. Foto de Nadar. 1.896

Condesa Greffulhe vestida por la Maison Worth. Foto de Félix Nadar. 1.896.

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Vestido de la Condesa Greffulhe. Jean Philippe WorthPallais Galliera, Musée de la Mode de la Ville de París. GAL1978.20.1

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Alejandra de Dinamarca (1.844-1. 925) reina consorte de Reino Unido  y emperatriz de la India de 1.901 a 1.910 como esposa del rey Eduardo VII en su coronación (agosto de 1.902) vestida por Jean Philippe Worth. Ilustración del libro del modisto “A century of fashion” publicado en 1.928.

Reina Alejandra de Reino Unido el día de su coronación en 1.902 vestida por Jean P. Worth.

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(1) Fotografía oficial de Donna Franca Florio (1.873-1.950) vestida con el  traje de Jean Ph. Worth creado en mayo de 1.902 para su nombramiento como dama de honor de la reina Elena de Italia. El  vestido está en Galería de trajes del Palacio Pitti. Florencia.

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A continuación Mary Victoria Leiter, lady Curzon, baronesa Curzon de Kedleston (1.870-1.906), esposa del virrey de la India Sir George Nataniel Curzon, Lord Curzon, vestida con el famoso “vestido de pavo real”, “peacock dress”, diseñado por  Jean Philippe Worth en 1.903. El retrato es obra de William Logsdail  (1.859 –1.944) quien lo completó en 1.909 cuando ella ya había fallecido. Pesa 10 libras (4,53592 kgs). Fue lucido en el Delhi Durbar organizado para celebrar la coronación de Eduardo VII. El vestido se conserva en el Kedleston Hall. Fue presentado a la opinión pública en The Chicago Sunday Tribune  porque Lady Curzon era de Chicago. Es una auténtica maravilla.

Lady Curzon retratada por William Logsdail.

Lady Curzon retratada por William Logsdail ataviada con el vestida de pavo real. Diseño de Jean P. Worth. 1.909.

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Peacokk drees.

Peacock dress lucido por lady Curzon. 1.903.

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Peacock dress. Detalle.

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Peacock dress. Detalle.

 

Más información en: http://xn--casademuecasgarnata-23b.es/vivis-fashion/

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